Mueren dos ancianos en Mataró tras un incendio

Mueren dos ancianos en Mataró tras un incendio doméstico: el fuego no perdona

Qué país, amigos. Qué país este en el que aún hay hogares donde el fuego campa a sus anchas, sin que nadie le plante cara con lo mínimo: prevención. Porque esto no va de política ni de poesía barata, sino de una tragedia que huele a humo, a desesperación, a impotencia. Una de esas que te agarran del pecho y te zarandean sin avisar. Hoy hablamos de una pareja de ancianos que, en Mataró, han dicho adiós como no debería hacerlo nadie: asfixiados por el fuego que devoró su cocina.

Una mañana cualquiera, una desgracia irreparable

Era miércoles, eran las diez y media, y en la calle de la Misericòrdia de Mataró no pasaba nada extraordinario. Nada, salvo ese humo traicionero que comenzaba a deslizarse por las rendijas de un piso cualquiera, en el número 35. Alguien llamó al 112 —bendito teléfono de emergencia—. Cinco minutos después, el infierno.

Cinco dotaciones de los Bombers de la Generalitat, dos camiones de agua, una autoescala, el vehículo de mando, el de soporte sanitario. Cinco ambulancias. Un helicóptero medicalizado. Mossos d’Esquadra, Policía Local, sanitarios. Todos. Pero ya era tarde.

Cuando la rapidez no basta y la vida se esfuma entre llamas

El matrimonio estaba allí. Él, 74 años, en la cama. Ella, 71, tendida en el pasillo. Los bomberos los sacaron. Los sanitarios les dieron todo: maniobras de reanimación, oxígeno, pulso eléctrico, coraje. Nada. El corazón se paró. El tiempo se detuvo. El silencio, espeso, se apoderó del edificio.

El fuego, según las primeras indagaciones, se había iniciado en una pequeña despensa junto a la cocina. No hacía falta mucho más: una chispa, un cortocircuito, una lata de aceite olvidada. Y el resto lo conocemos. Porque lo hemos visto. Porque lo hemos sufrido. Porque —permítanme el tono— lo hemos llorado.

¿Dónde está la prevención cuando más se necesita?

El domicilio siniestrado no era un tugurio. Tampoco un almacén de paja. Era una casa normal, de una familia normal, que probablemente no tenía instalado ni el más básico de los dispositivos: un extintor. Porque, seamos claros, el extintor precio nunca es demasiado alto cuando se trata de evitar la muerte. Porque cuesta más un funeral que un extintor en condiciones. Porque nadie debería escatimar en esto.

Lo diré más claro: extintores precios hay para todos los gustos y bolsillos. Desde los clásicos de polvo polivalente hasta los de CO₂, más eficaces en cocinas donde el aceite y la grasa arden sin piedad. Los hay compactos, los hay decorativos, incluso automáticos. Y todos ellos, absolutamente todos, pueden salvar una vida.

La cocina: epicentro de muchas tragedias domésticas

La mayoría de los incendios domésticos empiezan en la cocina. Ahí donde freímos, cocemos, recalentamos, tostamos y, a veces, olvidamos. Ahí donde se mezclan llamas, electricidad, líquidos inflamables y descuidos. Ahí donde debería haber, por ley moral si no legal, un detector de humo y un extintor a mano.

Pero seguimos confiando en la suerte. Y la suerte, amigos, es caprichosa. Hoy te sonríe, mañana te deja solo frente al fuego.

El papel de los bomberos: héroes, no magos

Los bomberos llegaron rápido. Tan rápido como permite el tráfico, el aviso y el despliegue. Pero no son magos. No pueden retroceder el tiempo. No pueden resucitar. Su trabajo —duro, ingrato, valiente— es intervenir cuando ya es tarde. Lo verdaderamente eficaz es no necesitar que intervengan.

Y esto nos lleva a una reflexión incómoda: ¿cuántos de nosotros tenemos nuestro hogar preparado para una emergencia? ¿Cuántos tenemos extintores? ¿Cuántos hemos hecho un simulacro con los nuestros? ¿Cuántos sabemos siquiera cómo funciona un extintor?

La muerte que pudo evitarse: una responsabilidad compartida

Hablar de muerte no es agradable. Mucho menos cuando se trata de personas mayores, vulnerables, dependientes. Pero no podemos seguir pasando de puntillas. Esta pareja fallecida en Mataró representa a miles de ancianos que viven solos o con escasa asistencia, en viviendas sin adaptar, sin dispositivos de seguridad, sin planes de evacuación. Y eso, señores, es una vergüenza nacional.

La administración, sí. Pero también las familias. También nosotros. Porque todos somos responsables. Y todos podemos hacer algo tan simple como instalar un extintor, enseñar a usarlo, revisar la instalación eléctrica y mantener la cocina limpia y ordenada.

El precio del olvido es la muerte

Volvamos al principio. Un matrimonio ha muerto. Dos vidas truncadas. Una familia destrozada. Un barrio en silencio. Y todo, probablemente, por no tener a mano un extintor. Extintor precio que ronda los 20 o 30 euros. Una inversión menor para evitar una pérdida eterna.

El coste del olvido no es económico. Es humano. Es emocional. Es irreversible. Y cada vez que ignoramos una medida de seguridad, estamos tirando los dados con el destino. A veces sale cara. Otras, como esta, sale cruz.

Conclusión: actuar antes de lamentar

No queremos más noticias como esta. No queremos leer que otra pareja ha muerto, que otro fuego ha devorado un hogar, que otra familia ha quedado rota. Queremos responsabilidad. Prevención. Conciencia. Queremos hogares seguros, abuelos tranquilos, hijos que duerman sin miedo.

Y todo empieza con un gesto tan simple como instalar un extintor. Tan básico como revisar los extintores precios en cualquier tienda especializada. Tan importante como entender que el fuego, si se le deja, lo consume todo.

Que no haya una próxima vez. Que Mataró no sea una repetición. Que encender la cocina no sea una ruleta rusa. Porque la vida vale más. Porque nadie debería morir así.

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